Esto es lo que recuerdo de la experiencia.
El Inti Raymi es una celebración ancestral andina dedicada al sol y a los ciclos de la tierra, conocida especialmente en Perú, Ecuador y algunas regiones indígenas de Latinoamérica. Tradicionalmente representa agradecimiento, cosecha y conexión espiritual con la naturaleza.
Hace años viajé con un grupo de jóvenes pertenecientes a Jardín, Andes y otros, como yo, de Ciudad Bolívar, a la comunidad de San Lorenzo en Caldas para celebrar un Inti Raymi. Fueron 3 días y dos noches durmiendo en carpas en una escuela, preparándonos comida sencilla y pasando una noche en el monte, en un cerro lejos de mi casa (tristemente no recuerdo su nombre) y, aunque hoy no recuerdo cada detalle exacto, sí recuerdo muy bien cómo me sentía.
Recuerdo las noches con sikuris y guitarras. Los tambores. La neblina. El humo del tabaco mezclándose con el olor del fuego. Las personas cantando alrededor, en el kiosko del cerro, alrededor de las llamas mientras la noche caía lentamente sobre la montaña.
Más que una experiencia espiritual intensa, para mí fue una experiencia humana.
En esa época yo estaba viviendo en Medellín y estaba demasiado desconectada de mí. La ciudad me había dado acceso a todo y la absorbí mucho. Tomaba bastante cerveza y fumaba demasiado cigarrillo, sumado al trasnocho y la madrugadera (estaba entre mis 20 y 23 años). Y sentía que poco a poco me iba alejando de la versión de mí que disfrutaba las cosas simples.
Por eso creo que ese viaje se quedó conmigo.
No porque todo haya sido perfecto. Ni porque haya vivido una “transformación mágica”. Sino porque durante unas horas me sentí tranquila siendo simplemente una persona más entre desconocidos.
Nadie me conocía.
Nadie esperaba nada de mí.
Y eso me dio una sensación rara de libertad.
Recuerdo sentirme cómoda con cosas mínimas: andar con los mismos 4 trapos que llevé. Dormir “incómoda” por primera vez. Pasar frío. Ir al baño en el monte. Escuchar conversaciones ajenas alrededor del fuego, sikuris, etc.
Puede sonar absurdo, pero todo eso me hizo sentir más conectada con la vida real y menos con esa necesidad constante de aparentar o encajar.
También recuerdo el cansancio. A las tres de la mañana del nuevo año en el Inti Raymi, debíamos soportar la noche despiertos cantando y bailando; en la madrugada repartirían rapé para ganar fuerza, pero me ganó el sueño y me perdí parte de la ceremonia antes del amanecer. Y honestamente eso también hace parte del recuerdo porque no dormí profundo. Les confieso que solo habíamos armado algunas carpas allá como escampadero porque la idea era no dormir, así que adentro estaban los bolsos de todos, había alguien más durmiendo (no sé quién) y sí había pecueca también jaja, pero no me quejé y no me hizo sentir infeliz.
Porque el viaje no fue una película.
Fue simplemente una experiencia vivida.
Aun así, me quedó grabado el amanecer. La oscuridad rompiéndose poco a poco en una línea horizontal extensa. Era hermosaaa, nunca he vuelto a ver un amanecer tan bonito. De la nada, detrás empezaron los tambores; ese bum bum se mezclaba con las palpitaciones del corazón, la emoción y daba una sensación de introspección, sí, mágica, no sé qué otra palabra usar. El frío en las manos. La sensación de estar lejos de todo lo conocido.
Ese día en la tarde nos íbamos. Nos transportábamos en chiva, nos cogió la noche en el camino y consecutivamente ¡un trancón! Fueron como dos horas, pero disfrutamos mucho porque nos subimos al capacete de la chiva. El cielo estaba full estrellado y, como había plena oscuridad, se veían un montón de chispitas titilantes blancas, amarillas y rojas en el cielo azul profundo. Sacaron guitarras y sikuris, comenzamos de nuevo a cantar “música medicina”, música andina. Ya no recuerdo ni una, pero fue profundo pasar el tiempo solo contemplando el ambiente. Amo el cielo nocturno.
Creo que una de las cosas más importantes que aprendí allí fue volver a relacionarme con las personas sin tanta pena.
Hablar más.
Observar más.
Sentirme menos incómoda siendo yo.
Y aunque hoy mi vida sea bastante distinta, todavía siento que algo de esa experiencia sigue conmigo.
Sigue conmigo el gusto por los lugares donde las personas todavía viven más despacio. El amor por las experiencias sencillas. La curiosidad por las costumbres, los territorios y las formas de vida diferentes. Y sobre todo, las ganas de no perder la capacidad de disfrutar incluso cuando las cosas no son cómodas.
Porque algunos de los momentos más reales que he vivido no ocurrieron en lugares perfectos.
Ocurrieron en carreteras, montañas, pueblos, fogatas y conversaciones donde por un instante dejé de pensar tanto en cómo debía verme frente al mundo.
Tal vez por eso sigo buscando este tipo de experiencias.
No para escapar de mi vida.
Sino para recordar que todavía puedo sentirme viva en las cosas más simples.
